Vanesa Luján Monzón, secretaria ejecutiva de la Comisión Episcopal de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal Argentina, reflexiona sobre los desafíos de comunicar la visita apostólica del papa León XIV a la Argentina, el aporte de los misioneros digitales y la necesidad de llegar a quienes están más alejados de la Iglesia.
¿Cómo se prepara la Comisión Episcopal de Comunicación Social de la CEA para acompañar la visita del papa León XIV a nuestro país?
Nos venimos preparando desde el primer momento en que se anunció y confirmó la visita del Papa. Primero, desde el corazón y la oración, con mucha ilusión, la verdad. Desde la Comisión Episcopal de Comunicación Social tratamos siempre de comunicar de manera que el mensaje realmente llegue a todos. Eso es lo que nos moviliza en cada una de las cosas que hacemos.
Comenzamos con reuniones en las que buscamos pensar cómo sería mejor abordar la comunicación de la visita. Desde la Plataforma Fratelli Tutti impulsamos un taller titulado «La misión de contar la venida del Papa: una cobertura desde el corazón», a cargo de la periodista María Claudia Enríquez y del productor Francisco Sosa, quienes nos aportaron luz y orientación en muchos aspectos para realizar esta cobertura.
No fue una propuesta pensada solamente para periodistas o profesionales de la comunicación, sino para todos. La idea era que cualquiera pudiera sentirse llamado a ser testigo de esta visita, de este acontecimiento histórico que nos va a quedar para siempre en el corazón y en la memoria. Todos podemos ser parte: incluso quienes no asistan a los eventos pueden comunicar y anunciar desde su propio lugar.
La verdad es que fue una preparación integral, hermosa y con mucha participación. A partir de este taller surgieron personas que, aunque no iban a poder participar presencialmente de los eventos, se interesaron por pensar cómo comunicarían la visita en sus capillas, parroquias o grupos, para que este acontecimiento tan importante, que viene a traer esperanza, no pase desapercibido.
También me parece importante destacar el acompañamiento de monseñor Jorge Lozano, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, quien estuvo presente durante todo este proceso: las reuniones, la organización y también el surgimiento de la propuesta de que los misioneros digitales pudieran realizar una cobertura a través del streaming, habitando el continente digital desde el canal de YouTube de la Conferencia Episcopal Argentina.
Quiero valorar especialmente la cercanía de Monseñor Lozano para que el streaming salga adelante de la mejor manera y con la mayor profesionalidad posible, poniendo a disposición no solo su tiempo, sino también los recursos de la Comisión.
¿Por qué es importante que la cobertura de la visita apostólica tenga en cuenta a los misioneros digitales?
Me parece sumamente importante porque en el continente digital se habla con otros códigos y otro lenguaje. Considero que, en este momento que estamos viviendo, una parte de la población se informa, mira y consume contenidos a través de las redes sociales y de fragmentos audiovisuales, y ya no mira tanta televisión como antes.
Por eso, este es también un espacio para misionar y evangelizar. Está bueno que la misión digital entre en el algoritmo de las personas, porque también existen las periferias digitales: personas que están buscando sentido, especialmente en estos tiempos en los que muchas veces lo buscan en las redes sociales. Están inmersas en un scroll infinito, dentro de un algoritmo que ofrece innumerables propuestas y opciones todo el tiempo.
Está bueno poder meternos ahí porque no sabemos cuál va a ser ese posteo o ese reel que le llegue a una persona, que la cuestione, la interpele y le despierte las ganas de acercarse a una experiencia presencial.
Eso es lo que buscamos con la misión digital: provocar ese «levantate y andá a misa», «acercate a la comunidad». Pero lograrlo es un desafío enorme para los misioneros digitales: que lo que hacemos no quede solamente en las redes, sino que propicie un encuentro real con el otro y, sobre todo, un encuentro real con Cristo.
Por eso, me gusta decir que la misión digital tiene que ver con conectar miles de rostros, miles de historias y miles de heridas. Detrás de cada «me gusta» hay un rostro, una historia, una herida. Se trata de intentar conectar esas realidades para que las personas puedan encontrarse con Dios.
El desafío está en cómo hacerlo. En este sentido, cada misionero digital tiene su impronta y su carisma. Eso hace posible que seamos muchos y que cada uno pueda llegar a distintas personas, de maneras diferentes y desde historias diversas, porque todos somos testigos del amor de Dios de distintas formas. Creo que ahí está, en buena medida, la importancia de que los misioneros digitales participen de esta cobertura.
Hace varios años que venís acompañando la comunicación en la Iglesia argentina. Según tu mirada, ¿cuáles son los mayores desafíos?
Uno de los mayores desafíos de la comunicación en la Iglesia es no comunicar solamente para la «pecera», es decir, para quienes ya formamos parte de ella. Está muy bien comunicar para los que sentimos que somos parte de la Iglesia, pero el desafío, para mí, está en cómo llegar a quienes están lejos, a quienes están peleados con la Iglesia, a quienes tuvieron algún problema o están enojados con Dios.
Me parece que ese es el gran desafío. Obviamente, es mucho más cómodo comunicar para quienes ya estamos, para quienes hace años participamos y servimos en la Iglesia. Tal vez también sea necesario encontrar otras formas de comunicarnos entre nosotros, revitalizar y profundizar nuestros mensajes. Pero lo fundamental es preguntarnos cómo llegamos al otro, a quien quizás está tirado al costado del camino y necesita algo más: otra palabra, otra mirada, un lenguaje sin tecnicismos ni vocabulario de sacristía.
Esto es lo que me gusta afrontar desde la Plataforma Fratelli Tutti, donde tratamos de ofrecer una formación integral. A veces participan personas u organizaciones que no pertenecen a la Iglesia y que, sin embargo, se interesan por nuestras propuestas. Eso demuestra que la formación no tiene por qué ser un espacio cerrado a la Iglesia.
Desde ese lugar intentamos construir un espacio abierto a todos, donde cada persona pueda sentirse bienvenida y, si quiere indagar más sobre lo que hacemos, encuentre las puertas abiertas.
En lo personal, mi mirada sobre la comunicación va por ahí.
¿Cuál es el mayor aporte que pueden hacer los comunicadores en este acontecimiento histórico?

Para mí, el aporte que pueden hacer los comunicadores y también los misioneros digitales es ser testigos de lo que estamos viviendo. Ser testigos de por qué estamos ahí, de por qué participamos de un evento o, incluso, de cómo lo vivimos desde otro lugar si no pudimos asistir. También podemos contar nuestra experiencia como voluntarios y dar testimonio de lo que sucede a nuestro alrededor.
Por ejemplo, puede haber alguien a nuestro lado, durante un evento, que esté muy emocionado y tenga una historia propia para contar. Tal vez estaría bueno descubrir y compartir esas historias que muchas veces permanecen ocultas y con las que otras personas podrían identificarse. Me parece que se trata de descubrir esos rostros de Cristo en el otro.
También podemos llevar este acontecimiento a quienes no van a poder participar presencialmente: los hogares de adultos mayores, los hospitales, los niños que están en las áreas de pediatría y las familias que acompañan a sus seres queridos internados. Una manera de llegar a todos ellos es a través de los comunicadores y de la misión digital, para que la esperanza también pueda alcanzar esos lugares.
En este marco, la función de los comunicadores y los misioneros digitales es sumamente importante: somos puente entre Cristo y todas esas historias, entre Cristo y cada persona. Nuestra tarea es muy valiosa, y también lo es todo lo que podemos hacer, aunque a veces parezca insignificante frente a un acontecimiento tan grande como una visita apostólica.
Sin embargo, cada uno de nosotros cuenta, cada uno es importante, porque cada uno puede llegar, al menos, a una persona. ¡Imagínate a cuántas podemos llegar si cada uno alcanza a una!
Creo que también es fundamental pensar en el después, cuando el Papa se vaya. Tendremos que trabajar y acompañar todo lo que quede resonando, darnos tiempo para rumiar sus palabras, sus mensajes y tantas cosas que nos invitarán a pensar.
No debería ser algo que simplemente pase como un evento y quede ahí, sino una experiencia que después podamos profundizar realmente como Iglesia. Es un momento para hacernos muchas preguntas y también para cambiar algunas de las formas en las que nos manejamos dentro de la Iglesia. Me parece muy importante que podamos asumir ese desafío.

