Para nosotros es un desafío muy apasionante. Desde que comenzamos nuestro noviazgo, allá por 2011, soñábamos con ser una familia misionera, pusimos a Dios en el centro y caminamos nuestro noviazgo con la conciencia de que éramos tres: Pablo, Dios y yo.
Retomando la pregunta, ¿qué significa para nosotros ser una familia cristiana? Para nosotros es una promesa cumplida.
Y me resuenan las palabras del Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (n. 273)

Comenzamos a vivir el noviazgo como un llamado de Dios, que nos iba marcando el camino. Rezando juntos, compartiendo la vida en comunidad, con experiencias de retiros, misiones, encuentros, Dios fue moldeando nuestros corazones y tratamos de ser dóciles para responder a lo que Él nos iba pidiendo.
Descubrí que la voluntad de Dios es nuestra felicidad. Y que obedecerle (escuchar su voz y obrar en consecuencia) nos hacía cada día un poquito más libre y más feliz.
Luego de 5 años de noviazgo a distancia (Pablo vivía en Córdoba, yo en Tucumán) nos casamos el día de Nuestra Señora del Carmen de 2016.
Ese mismo año me recibí de médica y comencé a trabajar en cuidados paliativos y a prestar servicio en un Hospice llamado “La casa de la bondad”. Descubrí que mi pasión dentro de la medicina era Cuidar, cuando curar ya no era posible.
En 2017 quedé embarazada de nuestra primera hija y creo que mi opción por la familia se comenzó a acentuar: elegí dejar el voluntariado debido a mi estado y luego del nacimiento elegí quedarme en casa, no volver a trabajar durante su primer año de vida.
En ese primer año de maternidad, comencé un emprendimiento. Me sentía yendo a contracorriente del mundo, pero impulsada por la alegría que da el Espíritu Santo.
En 2019 hicimos como familia una opción misionera: comencé a prestar servicio en otro voluntariado, llamado “Peregrinos” (que forma parte de la Obra de María) a través del cual visitaba a abuelos que estaban en situación de calle. Pablo acomodó sus horarios en el trabajo, para poder cuidar a la bebé mientras yo prestaba este servicio, pero luego salía también con ella. La llevaba en “la mochilita” y junto a otros voluntarios recorríamos las calles del centro de Córdoba buscando a nuestros amigos para compartir un ratito con ellos, con la excusa de llevarles un plato de comida. Lo más valioso siempre fue cada encuentro, cada saludo, el vínculo que fuimos construyendo lunes a lunes.
Ese año también nos invitaron como matrimonio a ser asesores de una comunidad de jóvenes. Luego de rezarlo, hablarlo y discernirlo juntos, dimos nuestro si, felices de servir en la congregación en la cual nos conocimos: los Misioneros Redentoristas.
Vivir nuestra vida en comunidad fue una clave muy importante: ser parte de una comunidad orante y misionera.
Luego comenzó la pandemia, y mi servicio se volcó a pleno a pleno a la evangelización digital, algo que ya venía haciendo, desde el 2013 prestando servicio en “La Oleada Joven” de Radio María.
Fue ese año que tomé conciencia de la importancia de transmitirle la fe a mi hija, algo que veníamos viviendo, pero ese año, luego de escuchar un programa que les recomiendo (se llama “Misionera, esposa y madre” de Lazos de amor mariano), me di cuenta de que la principal catequista de mi familia era yo como madre. Y me puse manos a la obra.
Luego de mucho anhelarlo, tuvimos nuestro segundo hijo.
Como seguía siendo tiempo de pandemia, nuevamente renové la opción por quedarme en casa con los niños. Y creo que el Señor me fue confirmando de a poco que ese era mi lugar en ese tiempo y aún hoy.
En 2021 comenzamos a asistir al Santuario de Schoenstatt, sin saberlo, estábamos recibiendo las gracias que Dios a través de María nos regala a todos allí: el cobijamiento (“¡qué bien estamos aquí!”) y de a poquito la transformación interior.
Recién en 2023 sellé mi Alianza de amor con María y nació nuestra tercera hija, y para sorpresa de todos, la casa se llenó de armonía y mucho más amor.
Recibí fuertemente el envío apostólico, que una vez más, encendió a toda la familia: nuevamente respecto a la misión digital, con el llamado concreto de anunciar la belleza de la familia y el matrimonio en Instagram.
Comenzamos a caminar con mi esposo en una comunidad de matrimonios que nos brindó herramientas para seguir cultivando nuestro vínculo y aprender a priorizarnos, tratando de no dejarnos llevar por las prisas del día a día y descuidar nuestro amor por estar muy centrados en los niños. Fue un verdadero regalo de María y San José.
Respecto a la crianza, nos asustaba un poco la tecnología, los riesgos de que los niños usen internet y creímos que “sí o sí” estarían expuestos a ello, pero mientras fueron creciendo y en nuestro modo de educarlos, sin celular, vimos que era posible que ellos vivieran de un modo diferente, que usar celular desde muy pequeños no era una obligación. Hoy miramos hacia atrás y vemos lo difícil que fue en algunos momentos “criar de un modo diferente” pero podemos ver la mano de Dios, cómo Él fue construyendo verdaderamente nuestro Hogar y nuestra Familia.
“Él nos hizo y somos suyos, somos su pueblo y ovejas de su rebaño” Salmo 99,3
Autor: Famila Ortiz-Córdoba-Argentina
