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¿Jeremías estaba loco? El profeta que convirtió su vida en mensaje

Jerusalén vivía bajo una amenaza que muchos preferían ignorar. En medio de sus calles apareció un hombre con un yugo sobre el cuello. No prometía una intervención milagrosa que destruyera al enemigo ni anunciaba una victoria cercana. Decía que Judá debía someterse al rey de Babilonia para evitar una devastación todavía mayor (Jer 27,1-15). En […]

Jerusalén vivía bajo una amenaza que muchos preferían ignorar. En medio de sus calles apareció un hombre con un yugo sobre el cuello. No prometía una intervención milagrosa que destruyera al enemigo ni anunciaba una victoria cercana. Decía que Judá debía someterse al rey de Babilonia para evitar una devastación todavía mayor (Jer 27,1-15). En una ciudad sitiada por el miedo y aferrada a su orgullo nacional, aquel gesto podía parecer una provocación insoportable.

¿Quién era ese hombre que aconsejaba rendirse ante el invasor? ¿Un fanático, un derrotista, un traidor o alguien que había comprendido antes que los demás la magnitud de la catástrofe?

Una voz en vísperas del derrumbe

Jeremías nació en Anatot, una pequeña localidad cercana a Jerusalén, dentro de una familia sacerdotal (Jer 1,1). Su nombre hebreo, Yirmeyahu, contiene el elemento teofórico -yahu, una forma abreviada del nombre divino YHWH que aparece en numerosos nombres bíblicos y que, al pasar al español, suele reconocerse en terminaciones como «-ías». Por eso, Jeremías suele interpretarse como «YHWH exalta» o «YHWH elevará». Comenzó su actividad durante el reinado de Josías, hacia fines del siglo VII a. C., y siguió profetizando hasta la caída de Jerusalén ante Babilonia, en 587 o 586 a. C. (Jer 1,2-3).

Judá era el reino del sur y tenía a Jerusalén como capital. El antiguo reino de Israel, situado al norte, había desaparecido bajo el poder asirio. Ahora Egipto y Babilonia disputaban el control de la región, mientras los reyes de Judá intentaban sobrevivir mediante alianzas cambiantes. El Templo de Jerusalén era el principal santuario de YHWH y expresaba también la fe del pueblo y su vida política.

El relato de la vocación presenta a Jeremías elegido por Dios antes de nacer. «Antes de formarte en el vientre, te conocí; antes de que salieras del seno materno, te consagré y te constituí profeta para las naciones» (Jer 1,5). Jeremías protesta. Se considera demasiado joven y afirma que no sabe hablar (Jer 1,6). El sustantivo hebreo na‘ar, empleado en su respuesta, puede designar a un niño, un muchacho o un joven; por sí solo no permite precisar su edad.

Dios toca su boca y resume la misión mediante seis verbos. Jeremías deberá «arrancar y derribar, destruir y demoler, edificar y plantar» (Jer 1,10). Su palabra anunciará ruina, pero también restauración. El juicio y la esperanza acompañarán toda su vida.

En la Biblia, un profeta no era ante todo un adivino. El hebreo nabí designa a quien habla como mensajero de Dios, interpreta el presente desde la alianza, denuncia la injusticia y advierte las consecuencias de una conducta colectiva. Jeremías habló del futuro porque observaba un país herido por la violencia, la idolatría, la corrupción y una confianza casi mágica en sus instituciones religiosas.

El Templo no garantizaba impunidad

Jeremías pronunció uno de sus discursos más arriesgados en la entrada del Templo. Allí enfrentó una convicción profundamente arraigada. La multitud repetía: «¡Templo de YHWH, Templo de YHWH, Templo de YHWH!» (Jer 7,4). Muchos parecían creer que la presencia del santuario bastaba para asegurar la protección divina.

El profeta respondió que ningún edificio podía proteger a una sociedad que robaba, asesinaba, cometía adulterio, hacía juramentos falsos y rendía culto a otros dioses (Jer 7,8-10). Luego preguntó si aquella casa se había convertido en una «cueva de ladrones» (Jer 7,11), expresión que Jesús retomaría siglos después (Mt 21,13; Mc 11,17; Lc 19,46).

Jeremías no rechazaba el Templo ni despreciaba el culto. Denunciaba su uso como refugio religioso para eludir la conversión. Si el pueblo continuaba actuando con injusticia, Jerusalén y su santuario podían terminar como Siló, un antiguo centro de culto que había quedado destruido. Sacerdotes, profetas y parte de la multitud reaccionaron exigiendo su muerte (Jer 26,1-11). El mensaje había tocado una certeza nacional que nadie quería poner en discusión.

Cuando la vida se convierte en mensaje

Los profetas bíblicos no hablaban únicamente mediante discursos. A veces realizaban acciones públicas que funcionaban como parábolas representadas ante el pueblo. Jeremías hizo de varios objetos, y también de su propia vida, signos de aquello que anunciaba.

Dios le ordenó comprar una prenda de lino, parecida a un cinturón o taparrabos, y no lavarla (Jer 13,1). Después debía esconderla y recuperarla cuando ya estuviera arruinada (Jer 13,2-7). La tela deteriorada representaba a Judá. El pueblo había sido llamado a permanecer unido a Dios, pero su infidelidad lo había vuelto inútil para la misión recibida (Jer 13,8-11).

En la casa de un alfarero, Jeremías observó cómo una vasija estropeada volvía a tomar forma entre las manos del artesano (Jer 18,1-4). La escena anunciaba que el pueblo todavía podía ser rehecho, siempre que abandonara su mala conducta (Jer 18,5-11). Más tarde compró una vasija ya cocida, reunió a ancianos y sacerdotes y la rompió delante de ellos (Jer 19,1-13). El contraste era severo. El barro húmedo admite una nueva forma; una pieza cocida y quebrada ya no puede recomponerse.

El signo más peligroso fue el yugo. Jeremías proclamó que Judá y otras naciones quedarían sometidas a Nabucodonosor, rey del Imperio babilónico (Jer 27,1-15). Aconsejar la sumisión al invasor podía interpretarse como colaboración con el enemigo. El profeta no celebraba la ocupación ni simpatizaba con Babilonia. Estaba convencido de que una rebelión terminaría con Jerusalén arrasada.

Entonces apareció Ananías, otro profeta que también hablaba en nombre de YHWH. Prometió que el dominio babilónico sería quebrado y que los objetos saqueados del Templo regresarían pronto (Jer 28,1-4). Para reforzar su anuncio, tomó el yugo que Jeremías llevaba y lo rompió ante todos (Jer 28,10-11).

La respuesta de Jeremías sorprende. «¡Amén! ¡Que así lo haga YHWH!» (Jer 28,6). Él deseaba que la promesa de Ananías fuera verdadera. Luego recordó que el cumplimiento permitiría reconocer al auténtico profeta (Jer 28,7-9). La escena muestra hasta qué punto una voz engañosa puede resultar atractiva cuando ofrece exactamente la tranquilidad que todos quieren oír.

¿Realmente lo llamaron loco?

El libro conserva el insulto. Una carta dirigida al sacerdote Sofonías exigía que todo meshuggá, «loco» o «enloquecido que profetiza», fuera encerrado en el cepo (Jer 29,24-29). La palabra no equivale a un diagnóstico psiquiátrico moderno. Era una forma de desacreditar a quien parecía perturbador, extravagante o falso profeta.

La propia existencia de Jeremías quedó atravesada por su misión. Recibió la orden de no casarse ni tener hijos, porque quienes nacieran en aquel lugar quedarían expuestos a la guerra, el hambre y la muerte (Jer 16,1-4). También debía mantenerse lejos de las casas de duelo y de los banquetes festivos, pues la vida social estaba próxima a desintegrarse (Jer 16,5-9). El texto no cuenta todo lo que sintió, pero deja ver el aislamiento de un hombre cuya intimidad fue absorbida por el anuncio que debía transmitir.

El fuego encerrado en los huesos

Jeremías no aceptó su tarea con una serenidad inquebrantable. Sus lamentos en primera persona, conocidos habitualmente como «confesiones», expresan cansancio, ira, persecución y deseos de abandonar.

«Me sedujiste, YHWH, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste» (Jer 20,7). El verbo hebreo patá puede significar persuadir, atraer, seducir e incluso engañar, según el pasaje. Jeremías siente que ha sido arrastrado hacia una misión que lo supera y de la que no logra escapar.

Intentó callar, pero la palabra ardía «como un fuego» encerrado en sus huesos (Jer 20,9). Poco después maldijo el día de su nacimiento y preguntó por qué había salido del vientre para contemplar sufrimiento y vergüenza (Jer 20,14-18). Estos pasajes no permiten diagnosticar retrospectivamente una enfermedad mental. Expresan el derrumbe interior de alguien sometido durante años al rechazo, la amenaza y la conciencia de una tragedia cercana.

Su lenguaje podía ser feroz, aunque nunca aparece disfrutando del dolor ajeno. «¡Quién convirtiera mi cabeza en agua y mis ojos en una fuente de lágrimas, para llorar día y noche a los muertos de la hija de mi pueblo!» (Jer 8,23; en otras versiones, Jer 9,1). En varias ocasiones Dios le ordena que deje de interceder por el pueblo, lo cual presupone que Jeremías seguía rogando por quienes lo perseguían (Jer 7,16; 11,14; 14,11). La dureza de sus oráculos convivía con una profunda compasión.

Del rollo quemado al barro de la cisterna

Durante el reinado de Joaquim, Jeremías dictó sus oráculos a Baruc, su escriba y colaborador (Jer 36,1-4). Como tenía prohibido entrar en el Templo, Baruc leyó el rollo durante una jornada de ayuno (Jer 36,5-10). Cuando el escrito llegó ante el rey, Joaquim fue cortándolo con un cuchillo y arrojó cada fragmento al fuego (Jer 36,20-23). Jeremías volvió a dictar sus palabras y añadió otras semejantes (Jer 36,27-32). Quemar el rollo no había logrado silenciarlo.

Tiempo después, cuando intentó salir de Jerusalén, fue acusado de pasarse al bando babilónico. Negó la acusación, pero lo golpearon y encarcelaron (Jer 37,11-16). Varios funcionarios sostuvieron más tarde que debilitaba la moral de los soldados, pues advertía que quienes permanecieran en la ciudad morirían, mientras quienes se entregaran conservarían la vida (Jer 38,1-4).

El rey Sedecías permitió que lo arrojaran a una cisterna sin agua. Jeremías comenzó a hundirse en el barro (Jer 38,5-6). Sus adversarios lo consideraban un peligro para la defensa de la ciudad. El libro lo presenta intentando evitar una resistencia suicida.

Ébed Mélec, cuyo nombre hebreo significa «siervo del rey», era un funcionario cusita de la corte. Cus correspondía aproximadamente a Nubia, al sur de Egipto. Él denunció la crueldad del castigo y organizó el rescate. Utilizó trapos para proteger las axilas del profeta mientras lo levantaban con cuerdas (Jer 38,7-13). Mientras las autoridades de Judá lo hundían en el barro, un extranjero reconoció la injusticia y recibió una promesa de protección (Jer 39,15-18).

Jerusalén terminó cayendo. Los babilonios destruyeron el Templo y deportaron a parte de la población (Jer 39,1-10; 52,12-30). Sedecías fue capturado. Sus hijos murieron ante sus ojos; después lo cegaron y lo llevaron encadenado a Babilonia (Jer 39,4-7). Jeremías quedó bajo la protección de Godolías, gobernador establecido por los vencedores (Jer 39,11-14; 40,1-6). La catástrofe confirmó sus advertencias, pero el profeta no celebró haber tenido razón.

Comprar un campo durante el asedio

Antes de la caída, cuando se encontraba detenido y Jerusalén permanecía cercada, Jeremías compró un campo en Anatot y ordenó conservar los documentos de la operación (Jer 32,6-15). Adquirir una propiedad que pronto quedaría en manos enemigas parecía absurdo. Precisamente por eso el gesto tenía fuerza. «Todavía se comprarán casas, campos y viñas en este país» (Jer 32,15).

Cuando casi todos prometían una victoria fácil, Jeremías anunció la derrota. Cuando la derrota parecía definitiva, apostó por el regreso. Esa esperanza alcanza una de sus formulaciones más hondas en la promesa de una «alianza nueva» con Israel y Judá (Jer 31,31). «Pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré sobre sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33). El hebreo lev, «corazón», también alude al centro de la comprensión, la memoria, la voluntad y las decisiones.

La nueva alianza no sustituye ni desecha a Israel, ya que la promesa se dirige expresamente a Israel y Judá (Jer 31,31). La tradición cristiana la relacionaría después con Jesús y la copa de la nueva alianza (Lc 22,20), y la Carta a los Hebreos citaría el pasaje (Heb 8,8-12). Su sentido primero nace del dolor de un pueblo que teme haber perdido para siempre su relación con Dios.

La Biblia no relata la muerte de Jeremías. Tras el asesinato de Godolías, un grupo huyó a Egipto y llevó por la fuerza al profeta y a Baruc (Jer 41–43; especialmente Jer 43,1-7). Allí continuó denunciando la idolatría (Jer 43–44). Algunas tradiciones posteriores hablan de su martirio, pero faltan pruebas históricas y el texto bíblico guarda silencio.

Un profeta entre la derrota y la esperanza

Jeremías pudo parecer loco porque llevó un yugo, quebró vasijas, compró un campo durante un asedio, discutió con Dios y siguió hablando cuando deseaba callar. Pudo parecer traidor porque anunció la destrucción del Templo y recomendó someterse al enemigo. Cada acción daba cuerpo a una verdad que ya no encontraba oyentes.

No resultaba fácil distinguir al profeta del provocador cuando varias voces invocaban a Dios y la supervivencia nacional estaba en juego. Jeremías fue reivindicado porque la catástrofe ocurrió, aunque su grandeza no depende únicamente de haber acertado. Llevó el yugo mientras otros prometían una libertad inmediata y compró un campo cuando nadie podía imaginar el regreso.

Su vida quedó atrapada entre la ruina que veía acercarse y una esperanza que todavía no podía probar. Tal vez por eso muchos lo confundieron con un loco. Sus gestos hicieron perceptible aquello que las palabras, por sí solas, ya no conseguían transmitir.

Autor: Lic. Santiago Garavaglia
Teologo, estudiante de la Maestría en Teología Dogmática y especialista en Sagradas Escrituras
https://elblogdelteologo.blogspot.com/

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