Caminó miles de kilómetros, enfrentó prejuicios y abrió las puertas de los Ejercicios Espirituales a personas de todas las clases sociales. María Antonia de Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula, nos recuerda que la fe puede impulsarnos a hacer cosas que parecen imposibles.
En la Argentina colonial del siglo XVIII, una mujer se atrevió a hacerlo. Su nombre era María Antonia de Paz y Figueroa, pero muchos la conocieron como Mama Antula. Su gran propósito era mantener viva una experiencia que consideraba un tesoro para la vida cristiana: los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola.
Una misión que no podía quedar en el camino
María Antonia nació en 1730 en Santiago del Estero. Desde joven se acercó a la espiritualidad ignaciana y, en 1745, comenzó una vida de consagración mediante votos privados. Vivía en comunidad con otras mujeres y colaboraba en la misión jesuita, dedicándose a la educación de los niños, al cuidado de los enfermos y a la ayuda a los más pobres. Hablaba español y quechua, lo que favorecía su cercanía con las comunidades originarias.
En 1767 ocurrió un hecho que cambiaría su camino: la expulsión de los jesuitas de los territorios de la Corona española. Con ellos se interrumpía una tarea pastoral que Mama Antula consideraba fundamental. Lejos de resignarse, decidió continuarla. Se propuso llevar los Ejercicios Espirituales a quienes quisieran vivir esa experiencia de oración, reflexión y encuentro con Dios. Y para lograrlo, se puso en marcha.
Miles de kilómetros y una convicción más fuerte que el miedo
Mama Antula recorrió a pie cerca de 5.000 kilómetros por territorios que hoy corresponden a distintas
Provincias argentinas. 
No fue un camino sencillo. En una época en la que una mujer que emprendía semejante misión podía despertar desconfianza, debió enfrentar obstáculos y prejuicios. Algunos llegaron a acusarla de estar loca o de practicar la brujería. Sin embargo, siguió adelante.
Su método era sencillo y organizado: al llegar a cada lugar, se presentaba ante las autoridades para solicitar los permisos necesarios. Los ejercicios duraban alrededor de diez días y se realizaban durante todo el año. Lo más sorprendente era quiénes participaban. Personas de diferentes condiciones sociales compartían esa experiencia: autoridades, comerciantes, campesinos, nobles y esclavos. En una sociedad profundamente desigual, los retiros ofrecían un espacio en el que todos podían encontrarse para escuchar la Palabra de Dios y revisar su vida.
Una casa abierta para encontrarse con Dios

Al llegar a Buenos Aires, Mama Antula encontró nuevos desafíos. Con perseverancia, consiguió impulsar los Ejercicios Espirituales y promovió la construcción de la Santa Casa de Ejercicios, inaugurada en 1784 y que continúa en funcionamiento. Desde allí, su misión se extendió también a Montevideo y Colonia, en el actual Uruguay. Pero su obra no se limitó a la oración. Su compromiso con los más frágiles la llevó a proteger a mujeres que no tenían hogar y a recibir a niños abandonados, procurando darles alimento, vestido y una familia. Su espiritualidad no la alejaba de las necesidades concretas de las personas; al contrario, la impulsaba a responder a ellas.
Se estima que, hasta su muerte, entre 70.000 y 80.000 personas participaron de los ejercicios que promovió. Su testimonio dejó una huella espiritual y social en la historia del Río de la Plata.
¿Qué puede enseñarnos Mama Antula hoy?
La historia de Mama Antula nos invita a recuperar ese espacio con Dios. Los Ejercicios Espirituales no son solamente una práctica del pasado: nos recuerdan la importancia de hacer silencio, revisar nuestras decisiones, reconocer lo que necesitamos cambiar y abrirnos a la acción de Dios.
Su vida también nos desafía a preguntarnos si nuestra fe se traduce en gestos concretos. ¿Hay alguien cerca que necesite ser escuchado? ¿Podemos ofrecer un lugar, una palabra o una oportunidad a quien se siente excluido? ¿Nos animamos a sostener una buena iniciativa, incluso cuando aparecen dificultades?
Mama Antula comprendió que acercar a las personas a Dios también implicaba acercarse a sus heridas y necesidades. Por eso, su legado sigue hablando a las familias, las comunidades y a todos los que desean vivir una fe comprometida con los demás.
Una fe que se pone en camino
María Antonia de Paz y Figueroa murió el 7 de marzo de 1799, pero la misión que abrazó continuó dando frutos. Hoy la recordamos como Mama Antula, una mujer que no esperó a que las circunstancias fueran favorables para hacer aquello que consideraba necesario. Su historia nos deja una pregunta para el presente: ¿qué paso concreto podemos dar para acercarnos más a Dios y ayudar a que otros también encuentren un lugar para Él en sus vidas? A veces, una gran misión comienza así: con una convicción profunda, un corazón disponible y el valor de dar el primer paso.

