¿De qué color eres tú?, le preguntó un gusano a una hoja.
¿De qué color me ves?, dijo la hoja.
Yo te veo verde, dijo el gusano.
¿De qué color eres tú?, le preguntó a una ardilla.
¿De qué color me ves?, dijo la ardilla.
Yo te veo roja, dijo el gusano.
¿De qué color eres tú?, le preguntó a un elefante.
¿De qué color me ves?, dijo el elefante.
Yo te veo gris, contestó el gusano.
¿De qué color eres tú?, le preguntó a un tigre.
¿De qué color me ves?, dijo el tigre.
Yo te veo naranja con rayas negras y a veces amarillo con rayas negras, contestó el
gusano.
¿De qué color eres tú?, le preguntó a una cebra.
¿De qué color me ves?, dijo la cebra.
Yo te veo blanca con rayas negras o negra con rayas blancas, contestó
el gusano.
¿De qué color eres tú?, le preguntó a un camaleón.
¿De qué color me ves?, dijo el camaleón.
Ahora te veo marrón como soy yo, y ahora verde como esa hoja, o amarillo
como un limón, y ahora rojo como la ardilla, o blanca y negra como la cebra, o gris como el elefante y a veces amarillo con rayas negras como el tigre…
El color no importa, dijo el camaleón. Todos tenemos colores diferentes y eso es lo
que hace más divertida a la naturaleza. El color no importa: lo que importa, eres tú.
🤓 Reflexión: Todos, cada uno de nosotros, somos únicos e irrepetibles. Nunca nadie podrá
ser como nosotros. Por esa razón, somos tan importantes para Dios. Nuestro aspecto
exterior no es importante para Dios, y si Él se comporta así con nosotros, del mismo
modo debemos comportarnos nosotros con nuestro prójimo. Aprender a mirar el corazón de los demás, de eso se trata este paso terrenal.

